Grandeza y miseria de Aung San Suu Kyi

TRADUIT PAR : BERNAT ARANDA RELU PAR : SÒNIA GUALDO

El 11 de diciembre de 2019, Aung San Suu Kyi (ASSK) defendió Birmania ante la Corte Internacional de Justicia minimizando el genocidio perpetrado contra los rohinyás y justificando los abusos cometidos por las fuerzas armadas. ¿Cómo explicar la postura de esta figura glorificada durante mucho tiempo por defender los derechos humanos?

En 1947 ASSK tenía dos años cuando su padre fue asesinado junto con siete de sus ministros. Su padre, héroe de la lucha contra el ocupante japonés durante la guerra, consiguió imponerse como interlocutor legítimo para negociar la independencia con los ingleses. Este asesinato marcó el comienzo del control del poder por parte del ejército. En 1962, un golpe de estado ancló el país en una dictadura militar que perdura hasta nuestros días. El país se ha aislado del resto del mundo durante unos 50 años.

En 1988, ASSK volvió al país después de 24 años de exilio y entró en política. A partir de ese momento, no parará de militar contra el régimen mediante la Liga Nacional para la Democracia. Su oposición a la junta militar y su pugnacidad a la hora de defender los derechos humanos le valieron el Premio Nobel de la Paz en 1991. La prestigiosa distinción le aportó una fuerte notoriedad a escala internacional, lo cual añadía cada vez más presión a los militares. ASSK fue puesta bajo arresto domiciliario durante 15 años entre 1990 y 2010.

El 2011 marcó la apertura del país al mundo. La junta se disolvió, el nuevo presidente recibió a ASSK, quien aceptó retomar el diálogo con el gobierno. En 2016, la «Dama» (así llamada por sus compatriotas) fue nombrada ministra de Asuntos Exteriores y consejera de Estado y ocupó de facto el puesto de primera ministra. Sin embargo, estos avances democráticos son una mera fachada: el 25 % de los escaños del Parlamento y los puestos más relevantes del gobierno (Defensa, Interior, Gestión de fronteras) están reservados para los militares.

 

¿Ha dicho genocidio?

A partir de 2017, la imagen de ASSK se vio manchada en la escena internacional por su silencio ante el genocidio perpetrado contra los rohinyás. ASSK justificó la acción del ejército y la cualificó como una misión de contrainsurgencia en el marco de un «conflicto armado interno» durante su defensa de Birmania ante la Corte Internacional de Justicia el pasado 11 de diciembre.

¿Por qué adopta esta postura alguien que se había convertido en un icono de la defensa de los derechos humanos? Ante todo, ASSK tolera la violencia contra los rohinyás por motivos políticos. Efectivamente, quiere recibir la aprobación de una población constituida en un 90 % por budistas, la mayoría de los cuales son bastante hostiles a la minoría musulmana. «Los rohinyás matan a budistas, son violentos, quieren casarse con budistas para colonizarnos». Este discurso escuchado hace poco en una visita en Birmania revela el sentimiento general hacia la minoría étnica. ASSK habrá perdido su reputación en Occidente, pero cuenta con un gran apoyo en su país.

Otro factor que ayuda a entender su actitud es la alianza con el ejército. La subida de ASSK al poder es fruto de una alianza con sus antiguos verdugos. Por lo tanto, ASSK dispone de un margen de maniobra muy pequeño y debe ceder a los militares. No condenar los abusos del ejército sería su manera de mantener el acuerdo necesario para continuar con el proceso de democratización. Pero, como tan bien defiende el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, figura de la lucha antiapartheid y Premio Nobel de la Paz de 1984: «Si el precio político que tienes que pagar para tu ascenso al poder es tu silencio, el precio es sin lugar a dudas demasiado caro».

                        Aung San Suu Kyi en su audiencia ante la CIJ, foto de Frank van Beek.

Les recomiendo que miren este excelente documental sobre el genocidio de Gwenlaouen Le Gouil: Rohingya, la mécanique du crime (en francés). Más de 700 000 rohinyás se han exiliado al vecino Bangladés.

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