El campamento Moria, o el infierno de la Tierra

Traduit par Alicia Gonçalves, rélu par Sonia Gualdo

Stelios Petsas, el portavoz del gobierno griego califica de «bomba sanitaria» el campamento Moria. Esta instalación está situada en la isla Lesbos. Es el principal campamento de migrantes de Grecia. Se originó en 2013. Es un Hotspot que no figura en las estadísticas del Alto Comisionado de Refugiados y no se le puede considerar como un campamento humanitario formalmente dicho. El campamento está sobrepoblado y los refugiados viven en condiciones inhumanas. En 2019, este campamento acogía a más de 14.000 personas, cuando normalmente posee tan solo 3.000 plazas. Hoy en día, habría unas 22.000, y una constante llegada de nuevos refugiados. Es importante recordar que, desde 2016, este campamento prohíbe la entrada a la prensa. Los periodistas deben entonces acceder ilegalmente en éste. Por ejemplo, Judith Vanistendael, que creó un cómic sobre esto.

Una cárcel a cielo abierto

Todos los refugiados presentes en los campamentos han pedido asilo en Europa. Sin embargo, no tienen la autorización para salir de las instalaciones, por lo que la tierra de acogida se transforma rápidamente en una verdadera prisión. Las personas que llegan a este campamento intentan evitar a toda costa que los obliguen a volver a Turquía. Jérémy Lachal, Director general de las Bibliotecas Sin Fronteras, declara: «Esto es verdaderamente una cárcel con sus altas mallas de alambre, sus puertas cerradas con candados y sus guardias en la entrada».

El campamento fue originalmente construido para responder a una situación de urgencia. Pero se transformó en «un medio para inmovilizar las personas en movimiento».

Jean Ziegler, vicepresidente del comité consultativo del Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas desde 2009, publicó un libro sobre el campamento : «Lesbos, la vergüenza de Europa». Acusa a Europa de haber recreado una copia de los campos de concentración.

 

Las corrientes de barro en invierno en el campamento. (Crédits: Daily Sabah)

Una infraestructura que no puede acoger a tantas personas

El campamento, también llamado «The Jungle», vive una sobrepoblación endémica para la seguridad de los migrantes. Algunos refugiados viven con 25 personas bajo la misma tienda de campaña, y las ratas invaden el lugar.

Según Oxfam, algunos días tan solo hay un médico para el campamento entero. Los médicos trabajan 5 días por semana, de las 8 h hasta las 16 h, y no están disponibles por la noche. Por eso no existe ningún acceso médico durante el fin de semana. Generalmente, hay que esperar entre 3 y 5 horas para que éste te vea. Tampoco les prescriben ningún paracetamol ni ibuprofeno, ya que se ven raramente por el lugar.

Para comer, los 22.000 refugiados deben de hacer la misma cola. La comida que distribuyen está generalmente deteriorada, y los refugiados no se la pueden comer. Muchas veces, cortan el agua a partir de las 10 de la mañana. Los recursos, los pocos que hay, son casi inexistentes.

Hay una mala higiene a causa de la enorme cantidad de residuos y la escasez de papeleras.

El eslogan del campo es «Line» porque los refugiados siempre están haciendo la cola, esperando horas, para obtener los pocos recursos que quedan.

En 2019, hubo un incendio en el campo. Sembró el pánico entre los residentes que estaban encerrados allí y la intervención de las fuerzas del orden y los bomberos derivó rápidamente en peleas.

Tensiones en el interior del campamento

A causa de la insalubridad y de la falta de acceso a la comida y otras necesidades, las tensiones entre las diferentes comunidades del campamento se pueden palpar. Muchas veces hay peleas con cuchillos que causan muertes y los robos se ha vuelto algo común. Además, muchos hombres beben y tienen problemas de alcoholismo, lo que produce numerosas violencias y tensiones.

No hay ni policía ni seguridad para hacer reinar el orden en esas instalaciones. La policía que debía ocuparse de las tensiones en el interior del campamento no lo hace, ni tampoco hace caso a las quejas o problemas de éstos.

El riesgo de contaminación de la Covid-19

El campamento no posee ninguna protección contra la Covid-19. Los refugiados viven sin agua, ni electricidad, por lo que las protecciones contra la propagación y contaminación son inexistentes. Además, la situación se complicó aún más con la llegada del virus.

Imponer un confinamiento o una cuarentena es imposible. Sin contar que las ONG y los benévolos, no pueden entrar en el campamento a causa del confinamiento.

«¡Desde el principio, este gobierno utiliza el coronavirus!» declara Natalia Kafkoutou, miembro de la ONG Consejo greco para los refugiados. Lo describe así: «Para empezar, las voces xenófobas han utilizado este virus para exigir el refuerzo de controles en las fronteras. Los habitantes de las islas temían una amenaza sanitaria. El ministerio lo utilizó para parar de contar las nuevas llegadas y sus demandas de asilo.» La Responsable de los programas Human Rights Watch (HRW) en Grecia, Eva Cosse, añade: «¡Para esta población vulnerable, la propagación del virus sería una catástrofe! Pero al ver las últimas medidas anunciadas, es posible que al gobierno no le importe.» Para ella, «en realidad, Grecia utiliza la Covid-19 para encerrar a los refugiados sin darles ninguna protección sanitaria necesaria.»

Las mujeres y las niñas, la población más vulnerable

Las mujeres y las niñas son las que más sufren los robos y los otros refugiados no dudan en apuñalarlas si no cooperan. No se pueden pasear solas y no salen por la noche. Además, éstas deben estar acompañadas para ir al baño por la noche ya que hay que hacer cola.

Una refugiada de 58 años declaró que preferiría estar bajo los bombardeos de Siria que en «la Jungla».
Muchas mujeres están embarazadas y no tienen acceso a cuidados médicos. Algunas que están solas en el campamento hacen frente a este alto riesgo de inseguridad.

Niños aislados y traumatizados

Habría poco más de 6.500 niños de menos de 12 años, de los que 1.500 estarían solos en «La Jungla». La mayoría no poseen acompañante jurídico y los guardan bajo custodia para garantizar su seguridad.

 

Hijos de migrantes en Grecia

En el interior del campo hay un centro de acogida para menores aislados, dónde dos ONG, Bibliotecas Sin Fronteras y Save The Children, trabajan. Los niños vienen de diferentes fronteras como Pakistán, Afganistán, Siria, Marruecos o África Central, éstos esperan salir del campamento. Están solos, sin sus familias, y viven con depresión y con estrés postraumático.

Estos niños migrantes han conocido las violencias sexuales, e incluso algunas veces, la tortura. «Hay algunos que regresan al punto de tener que ponerse pañales, que se niegan a hablar, de levantarse o de jugar. Contra más tiempo se queden aquí, más se hundirán en ese vacío» dice Gregory Kavarnos, un psicólogo de Médicos Sin Fronteras.

«Los niños juegan entre serpientes y ratas» declara Jean Ziegler. No existen escuelas o guarderías para estos niños.

Por lo tanto, todo esto da lugar a numerosos suicidios. Adolescentes, incluso niños, intentan o consiguen suicidarse. «Se cortan las muñecas en cuanto encuentran un cuchillo o una cuchilla de afeitar, se tiran de lugares altos, como un muro o un olivo; los adolescentes intentan ahorcarse, los más pequeños intentan romperse el cráneo contra las piedras, pero como tienen miedo, rara vez consiguen acabar. A veces, un adulto pega a la puerta de la clínica de Médicos Sin Fronteras, que está a bajo de la colina, llevando en brazos a un niño con el cuerpo lleno de marcas. Todo el mundo sabe lo que acaba de hacer. Lo volverá a intentar en unos meses.» (El Correo Internacional)

Los refugiados, olvidados, apoyándose

Son los refugiados los que se ayudan entre ellos. Algunos, gracias a sus capacidades, ayudan a los demás. Se convierten en benévolos en las ONG presentes como «Movement on the ground», o son intérpretes para los médicos.

¿Qué hace Europa?

Lisa Clark, médica trabajando para Médicos Sin Fronteras (MSF) en Lesbos, declara «es difícil creer que esto ocurre en Europa, donde la Convención Europea de los Derechos Humanos entró en vigor en 1953».

Europa es responsable de este infierno. Los derechos humanos, el derecho de asilo, el derecho a una alimentación y la Convención sobre los Derechos del Niño, son todos violados al interior del campamento.

El derecho de asilo permite a cualquiera atravesar la frontera del Estado vecino en caso de persecuciones étnicas, religiosas o políticas. Pero la agencia europea Frontex, los guardacostas grecos y turcos e incluso la OTAN, rechazan embarcaciones enteras de refugiados en pleno mar. Además, numerosos países de Europa, sobre todo del Este, no acogen a refugiados por razones étnicas.

Sobre los menores no acompañados, los Estados se ven en la obligación de ofrecerles protección. La Convención internacional sobre los Derechos del Niño de 1989 dice que los niños migrantes deben poseer los mismos derechos fundamentales que los otros niños, como por ejemplo la educación. A pesar de esta Convención, los Estados miembros no reaccionan.

Además, temas de corrupción también entran en juego. Como lo hace saber Jean Ziegler, la Unión Europea financia las ayudas para estos campamentos, pero los generales grecos desvían ese dinero.

Así, el campamento Moria ilustra el fracaso político migratorio europeo.

«Somos Europeos, así que cómplices»

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