Crédit Martha de Jong-Lantink.

Madagascar, Benín: el trabajo humanitario es saludable

TRADUCIDO POR JUAN MANUEL HERNÁNDEZ Y MARÍA ALEJANDRA PAIXÃO

Partir en misión humanitaria como voluntario en los países pobres de África es benéfico para las poblaciones locales. Sin embargo, tras los aspectos positivos, tales como el intercambio cultural, la ayuda al otro o el cambio de contexto y descubrir lo nuevo, se esconden algunas complicaciones. La dificultad de integración, el choque cultural, el regreso al país… La misión humanitaria en África exige un carácter fuerte. Análisis alrededor de una entrevista cruzada.

La humanidad y lo humanitario. En apariencia, los dos términos se asemejan, pero en realidad esconden algunas diferencias importantes. La humanidad consiste en dar prueba de compasión, mientras que lo humanitario parte del principio de aportar ayuda y apoyo a alguien o a una situación. De manera que, algunas veces, durante misiones humanitarias surgen confrontaciones con respecto a la propia humanidad. Los voluntarios se muestras fuertes y transmiten mucha de su humanidad… es viceversa que este asunto se complica. Ocasionalmente, en África, los nativos no caen en cuenta del trabajo brindado por los voluntarios o, aún peor, lo perciben pero no lo agradecen realmente, continuando en considerarlos como extranjeros. “La adaptación cultural es difícil, estuve enfrentada a grandes choques culturales que no comprendí. Algunas personas no me apreciaban sin explicarme los motivos. Cuando me dicen que vengo tan solo por mis propios interese, marca”, indica Marie Billerach, quien trabajó durante seis meses en el mejoramiento de los procesos de fabricación de la soya en Benín, en las regiones de las colinas de Dassa.

Partir durante varias semanas o varios meses al extranjero a un país en dificultad económica, en carácter de voluntario la mayor parte del tiempo, se hace una decisión difícil de tomar. La elección reposa, sobre todo, en la intención de apoyar a las poblaciones con respecto a las necesidades que conlleva a vidas difíciles, en condiciones inestables y delicadas. Se habla recurrentemente del aporte de dichas ayudas a las poblaciones locales y se demuestra a su vez la benevolencia humana de los voluntarios, pero ¿qué hay de su condición de vida sobre esas tierras lejanas?

Madagascar, la gastronomía en calidad de integración

Fuimos acogidos como reyes”, divulga Ben Trezieres, quien partió en misión humanitaria a Madagascar durante un mes. Un elemento tranquilizador, puesto que es conocido que en este país pobre, donde la inseguridad tiende a reinar, los extranjeros han sido víctimas de violencia por parte de la población local.

No hay que caer en generalizaciones, pero en este contexto, ¿cómo puede integrarse un voluntario? “La forma más fácil para integrarse consiste en consumir los platos locales. Se alegran de ver que probamos su comida. Incluso si no nos gusta lo probamos, y a partir de ese momento somos considerados, de alguna manera, como parte de la familia. A mi juicio, es la actitud que más facilita la integración local”, cuenta Ben. Esto depende, en gran medida, de la duración de la misión. Entre más corta sea, menor es el riesgo de encontrar dificultades. “Pienso que es importante partir teniendo presente que no será posible integrarse realmente. Existen muchas cosas que son incomprensibles, las normas sociales son completamente diferentes. A nivel del trabajo, es preciso escuchar a los locales y mezclar las ideas. Los cuatro primeros meses estuvieron bien, fue a partir de los dos últimos que las dificultades aparecieron”, explica Marie, puesto que en una misión humanitaria el acogimiento también depende del voluntario.

Impregnarse de la cultura local

En general, el acogimiento se da de buena manera, lo cual permite un punto de partida reconfortante e importante para adaptarse posteriormente. “Fui muy bien recibida. Durante el trabajo, todo ocurrió muy bien, estaba en la lógica de trabajar con las personas sin pretensión de que mis ideas eras las mejores”, evoca Marie. De esta manera, los voluntarios establecen relaciones horizontales y descubren la cultura local. Así, la integración tiene lugar. “Integrarse fue fácil gracias a la intermediación de la asociación con la cual teníamos contacto; recién llegados, ya estábamos en el pueblo y habíamos encontrado diferentes personas”, dice Ben, antes de agregar: «Los contactos con la población local, que no hablaban necesariamente francés, ocurrieron muy bien. Se veían muy contentos de vernos. Pudimos, no obstante, establecer un intercambio incluso si no lográbamos comprender las palabras. En ningún momento sentí cohibición”. Se trata de impregnarse de la cultura local por medio del diálogo, con el fin de facilitar la integración.

Ayudas en el largo plazo

Cada vez más en África se desarrolla el establecimiento de misiones humanitarias fundadas en el largo plazo. El objetivo consiste en permitir a la población de verse beneficiada durante un largo periodo por la ayuda construida por los voluntarios de manera efímera. De esta manera, la ayuda aportada se ve significativamente útil. “Nuestra idea consiste en aportar algo a las personas. Hemos obtenido su acuerdo, no hemos hecho nada sin antes haberles consultado, a fin de tener la certeza de llegar a Madagascar y crear algo que les sirva y que les sea útil a largo plazo”, relata Ben Trezieres. El resultado contribuye al desarrollo, a pequeña escala ciertamente, del nivel de vida de la población local.

“Logramos desarrollar buenos productos para la soya. La empresa quiere, por cierto, hacer de ese proyecto un asunto continuo”, resalta Marie Billerach. En Madagascar, la emoción tenía que ver con el viaje. “Debían cavar para incrustar tubos bajo tierra. Era una obra para crear un transporte de agua. Una vez el agua potable llegara al pueblo y que se hubiera abierto el primer grifo con agua hasta los pies, resultaba muy intenso ver una anciana malgache, que no conocía el agua potable, llorar en nuestros brazos, y nosotros pensando que no habíamos hecho gran cosa”. Los mejores momentos pertenecen a esos intercambios convívales durante noches comunes. “Cuando íbamos al terreno, era otra manera de vida, de ver las cosas, los momentos de intercambio… Aprendíamos a conocer a las personas; Benín es muy agradable”, expresa Marie.

Benín, un cambio de escenario total

Desde la llegada al territorio en cuestión, el cambio cultural es fuerte y la adaptación, ruda. Dos elementos complicados que crean, sin embargo, un sentimiento de bienestar: la magia del cambio de escenario. En Benín y en Madagascar está omnipresente. “No me sentí tan cómoda: la adaptación física y al clima es ruda; la alimentación es diferente, también”, dice Marie. “El hecho de vivir en un entorno donde se aprende todos los días resulta emocionante”, complementa Ben. Los modos de vida difieren, al igual que el nivel de vida. En los pueblos de Benín, la población no tiene acceso a la salud, no dispone de electricidad… Todo se maneja manualmente. De esta manera, aunque el país sea uno de los más tranquilos del África occidental, la evolución resulta complicada con respecto a las costumbres, al igual que en Madagascar: “Es un país que se encuentra en uno de los estados más críticos del mundo. No necesariamente a nivel político, sino a nivel de acceso a la salud, a nivel laboral… Es muy preocupante. Madagascar está anquilosado en una situación económica y política que no se mueve. No se habla de ese país en la diplomacia mundial. Hay mucha corrupción y la capital es como una gran ciudad, de hecho; es muy pobre”, formula Ben.

Para manejar este cambio notable de condiciones de vida, es necesario prepararse, puesto que la mayoría de humanitarios conocen un confort muy superior a las poblaciones locales. “Vivíamos en una casa en concreto, había una mucama que nos preparaba de comer. Teníamos mucho más para comer que la gente del lugar. Teníamos agua potable, algo que las personas no tienen; teníamos una vida higiénica, a diferencia de la población local. Teníamos electricidad, recurso que nadie más tenía. Aunque teníamos la impresión de que nuestras condiciones no eran de las mejores, seguían siendo muy confortables con respecto a aquellas de la población local”, argumenta Ben. “Tenía un ritmo de vida un poco menos lujoso que en Francia, pero era un muy buen nivel, sobre todo comparado con aquel de los habitantes”, confirma Marie.

Trabajo humanitario, donde la fuerza mental es necesaria

Estaba chocada cuando regresé a Francia, estaba perdida, puesto que no era para nada el mismo contexto. Pero la readaptación llegó pronto”, cuenta Marie. Por esas palabras se puede comprender toda la importancia de la mente en este tipo de experiencias humanitarias. Se necesita fuerza mental para poder adaptarse y lograr satisfactoriamente la misión. En retorno, se obtiene enriquecimiento cultural, crecimiento personal y una experiencia única. La recompensa es mayor con relación a los obstáculos que se cruzan. Los voluntarios hacen honor a lo que podríamos llamar “el don de sí”. El coraje y la auto superación consisten, de esta manera, en cualidades necesarias y previas a la aventura.

Crédito foto: Martha de Jong-Lantink

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