Suecia, ¿una excepción europea?

TRADUCIDO POR BERNAT ARANDA Y CORREGIDO POR MÓNICA LICEA

El 9 de septiembre de 2018, Suecia elegirá a sus representantes en las elecciones legislativas. Suecia, considerada durante mucho tiempo un ejemplo político por parte de sus vecinos, tampoco es una excepción. Actualmente, el partido nacionalista Sverigedemokraterna es la tercera fuerza política del país, por detrás del partido socialdemócrata y de los conservadores, pilares del gobierno desde 1917.

Estrasburgo, 10 de noviembre de 2017. El Fórum Mundial de la Democracia, organizado por el Consejo de Europa, llega a su fin. Tema: el populismo. A penas tres semanas antes, la extrema derecha ganaba las elecciones por más de 553 000 electores en las elecciones de la República Checa. De Austria a Hungría, pasando por Alemania e Italia, la extrema derecha disfruta de una recuperación de la popularidad generalizada, avivada por la crisis migratoria que afecta al continente. Suecia, ejemplo tipo del modelo de estado del bienestar socialdemócrata que combina eficacia social y económica, es sistemáticamente presentada como ejemplo de estabilidad política con un dominio del partido socialdemócrata desde hace casi un siglo. La situación cambia en 2010, cuando el partido autoritario y radical de los Demócratas de Suecia obtiene representación parlamentaria, y se convierte en septiembre de 2014 en la tercera fuerza política del país con un 13 % de los votos y 48 escaños en el Parlamento. Los últimos sondeos sugieren que el apoyo a la derecha radical ha alcanzado un 21,5 %, lo cual coloca al partido justo por detrás de los socialdemócratas en el poder, con un 25,7 %.

Moderación y crecimiento inexorable

Presidido por Jimmie Åkesson, el partido fue creado en 1998 con la unión de tres partidos nacionalistas, racistas y antiinmigración: Sweden Party, Keep Sweden Swedish y Progress Party. Es el primer partido populista de derechas que entra en el Parlamento desde Ny demokrati, que ocupó escaños en el Riksdag entre 1991 y 1994 antes de disolverse.

A partir de 1995, Mikael Jansson, líder del Sweden Party, se esfuerza para hacer el partido más respetable y se distancia de las bandas xenófobas y violentas, muy presentes a principios de los años noventa. En 2005, Jimmie Akesson toma el mismo camino y expulsa a los miembros conocidos por sus inclinaciones nazis, afirmando que hoy el partido ya no es racista. Una declaración puesta en duda por el primer ministro Stefan Löfven, quién calificó el partido de «neofascista» en 2014.

Hasta 2002, el apoyo concedido a los Demócratas de Suecia era mínimo, con solo 5 escaños en 3 asambleas municipales. 4 años después de su creación el partido obtiene un 2 % de los votos, multiplicando por 5 el número de representantes en las asambleas municipales. En las elecciones de 2006, se convierte oficialmente en elegible en la financiación pública y no ha dejado de aumentar desde entonces su capacidad de movilización.

La crisis migratoria como terreno electoral

Suecia presenta un modelo atípico: el acceso a los servicios públicos es igual para todos los habitantes en territorio sueco. El país se ha distanciado siempre de los criterios asimiladores europeos y rechazó en 1991 el test de lengua como condición de integración. El país nórdico acoge actualmente el doble de refugiados por habitante que cualquier otro estado miembro de la OCDE. Los resultados del «modelo escandinavo» son un nivel de vida excelente, salarios altos y tasas importantes de participación económica femenina. El senador de Vermont, Bernie Sanders, citó a Suecia y a su vecino Dinamarca como su ideal «socialdemócrata».

Sin embargo, la excepcionalidad sueca en materia de integración se ha vuelto a poner en duda por el clima político actual. El sistema de pensiones, generoso en el pasado, está ahora bajo presión con la llegada de 160 000 refugiados en 2015. La crisis migratoria es un tema que los demócratas suecos toman muy en serio. En el vídeo de campaña difundido en noviembre, el líder del partido demócrata declaraba: «La inmigración de masas no es rentable, actualmente ya lo sabemos […] Me llamo Jimmie Åkesson y voy a hacer todo lo que esté en mi poder para resolver este caos que vosotros, los socialdemócratas y liberales, habéis creado».

Este mensaje encuentra numerosos destinatarios, como los habitantes de Kristianstad, una ciudad pequeña del sur de Suecia de 35 000 habitantes, de los cuales casi la mitad han nacido en un país extranjero. Niclas Nilsson, líder del partido en el consejo de Kristianstad, declara en un periódico local que la integración de los musulmanes, difícil por el hecho de ser una cultura basada en el islam, conlleva el riesgo de «diluir» la ciudadanía sueca. Lars-Åke, 55 años, declara en el periódico británico The Guardian: «Hay demasiados refugiados. Tantos árabes que parece que tengo la sensación de tener que aprender árabe».

Europa en suspenso

Aunque Suecia parece alejarse de esta línea particular que durante mucho tiempo le ha valido para ser considerada como una «excepción» europea, el partido populista de derechas sigue estando marginalizado. El gobierno rechaza la cooperación o la búsqueda de apoyo de los Demócratas de Suecia y afirma que sus ideologías huelen a extremismo político. Una encuesta reveló este mes que las preferencias electorales a favor de los moderados aumentaron un 4,1 % en relación con la última edición de mayo – el aumento registrado más fuerte frente a una caída de un 3,6 % para los Demócratas de Suecia. El desafío de esta campaña parece orientarse alrededor de la cuestión migratoria, frente a la insatisfacción que se gesta en todo el país. Según Daniel Poohl, editor del periódico antiracista Expo, «el riesgo es que en una sociedad en que los Demócratas de Suecia tienen cada vez más la palabra y en que la inmigración se presenta como un problema fundamental, las ideas y acciones racistas se normalizan».

¿Suecia tomará el camino que muchos de sus compañeros europeos han empezado? Tendremos respuesta en septiembre de 2018.

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