Traduit par: Sònia Gualdo. Relu par: Bernat Aranda.

Turquía cuenta, a fecha de 21 de abril de 2020, con 90 980 casos confirmados de COVID-19 y 140 fallecidos, lo cual lo convierte en el séptimo país más afectado del mundo en número de casos. La gestión de esta crisis a mano del gobierno actual del AKP (Adalet ve Kalkınma Partisi), muy criticado por la oposición sobretodo en cuanto a su tardanza, condujo a un desorden nacional las pasadas semanas. Sin embargo, Turquía lleva desde el inicio de la crisis ofreciendo ayuda médica preciada a multitud de países, sin tener en cuenta sus propias dificultades internas. Desde el 31 de enero de 2020, la Agencia Turca de Cooperación y Coordinación (TIKA) envía ayuda médica a China, que entonces estaba gravemente afectada por la epidemia de la COVID-19, un gran gesto humanitario, el primero que realizaba Turquía.

 

La gestión de la crisis sanitaria

El anuncio de las primeras medidas de confinamiento que Ankara había decretado el 10 de abril de 2020 desencadenaron la histeria de la gente que acudía a los supermercados y las tiendas, aún abiertas. De hecho, el gobierno había anunciado un toque de queda de cuarenta y ocho horas en las principales provincias del país. Una noticia tardía y mal planificada a pesar de las órdenes del ministro turco del Interior de que no cundiera el pánico. La oposición reclamaba medidas más estrictas y una reacción más meditada por parte del gobierno. No obstante, Ankara había intentado implementar un plan de gestión de la crisis ejemplar.

                                     
El país no había lamentado ninguna muerte a mediados de marzo; un hecho del cual el presidente Erdoğan podía presumir. Un mes más tarde, la situación dio un vuelco por completo y el país se convirtió en el más afectado de su zona, por delante de su vecino iraní. Después del caos que generaron dichas medidas, el ministro del Interior asumió toda la responsabilidad en un comunicado en que anunciaba su dimisión, la cual el presidente Erdoğan rechazó en otro comunicado.

Una crisis sanitaria, y también política, que genera tensiones

Por su lado, la oposición envía mensajes de alarma. El alcalde de Estambul, que también forma parte de la oposición, lamentó las «decisiones tomadas unilateralmente», ya que pedía el confinamiento obligatorio, al igual que las instituciones sanitarias. Sin embargo, el gobierno actual quiere preservar la economía nacional, que aún sigue debilitada a raíz de la crisis económica de 2018. El presidente del Partido Bueno (Iyi Parti), Meral Akşener, criticó la decisión del gobierno de no considerar del todo la cuestión del confinamiento. Por otro lado, el partido a la oposición CHP (Cumhuriyet Halk Partisi), al cual pertenecen los alcaldes de Ankara y Estambul, llevó a cabo recaudaciones solidarias para ayudar a los más desfavorecidos. Dicho gesto molestó a los dirigentes del AKP, que congelaron las recaudaciones.

La pandemia actual pone de manifiesto las tensiones existentes entre el partido al cargo y la oposición, que está representada principalmente por los alcaldes de grandes ciudades como Estambul, Ankara o Antalya, que se han mantenido como la resistencia. Aunque el partido del AKP sea el que tiene mayoría, la crisis actual refleja una situación política tensa. Los discursos oficiales quieren resaltar la unidad turca, pero la fractura política está presente en el país. El gobierno, que no pudo convencer a la oposición, deja ahora que la decisión recaiga en manos del ámbito internacional, siguiendo el ejemplo de Rusia.

Ayuda internacional al servicio de un poder blando (soft power) naciente

Aunque la gestión interna de la crisis no haya sido unánime en Turquía, a nivel internacional el país ha invertido en la lucha contra el coronavirus. El primer envío de ayuda médica a China marcó el inicio de una política humanitaria al servicio de un poder blando que intenta reafirmarse. Cabe recalcar que recientemente Turquía ha sido objeto de un aluvión de críticas, sobre todo cuando decidió dejar pasar a los migrantes a Europa. Las ayudas humanitarias que proporcionó Ankara reflejan la voluntad de calmar las relaciones diplomáticas y mostrar una imagen positiva del país y de su diplomacia.

Después de enviar mascarillas y batas de protección a China, Turquía también hizo llegar material a Italia y España, países gravemente afectados por el virus. El Reino Unido también recibió ayuda de Turquía en dos ocasiones, con dos cargamentos de material sanitario. Un gesto fuerte pero también simbólico, ya que Turquía sigue siendo candidata para formar parte de la Unión Europea. La ayuda a países europeos se extendió también a la península balcánica. La voluntad de ofrecer apoyo a otros países afectados por la epidemia, además de ilustrar el poder blando turco, se engloba en la política exterior establecida por Ahmet Davutoğlu en 2009, cuando era ministro de Asuntos Exteriores.

 

¿La política de «no tener problemas con los vecinos» seguirá?

De hecho, Ankara también ofreció su ayuda a otros países, de la forma más inesperada. La política exterior soñada por Davutoğlu, primer ministro [rectificación de un lector: Davutoğlu no es primer ministro desde mayo de 2016 (nota de redacción)], se resume en una frase: «no tener problemas con los vecinos». Turquía afirmó así que quería normalizar las relaciones con los países vecinos. Eso explica por qué, a pesar de las tensas relaciones con Israel, la República de Turquía aceptó entregar productos sanitarios encargados por el gobierno israelita. El gobierno turco también anunció el envío gratuito de material sanitario a territorios palestinos. Además, Ankara cooperó con Armenia, país con el que se rompieron las relaciones diplomáticas en 1993, con el objetivo de repatriar los armenios presentes en Turquía.

En conclusión, el país decidió aportar su granito de arena a otros países a pesar de estar gravemente afectado por la pandemia de la COVID-19. Entre la voluntad humanitaria y la continuidad de la política de normalizar las relaciones con otros países, parece que Turquía quiere ser una pieza clave en estos tiempos de crisis. El que antes fue el «hombre enfermo» de Europa se ve hoy como un «hombre que se cura».

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