Ver la «crisis migratoria de otra forma»: el caso libio [1/3]

TRADUCIDO POR BERNAT ARANDA Y CORREGIDO POR SÒNIA GUALDO

Esta serie de tres artículos es el resultado de un trabajo de investigación geopolítica de un año realizado en el Instituto Francés de Geopolítica (IFG) bajo la dirección de Ali Bensâad, investigador de renombre y especialista en Libia. Este proyecto de alrededor 150 páginas se basa en un amplio corpus documental y un trabajo de campo de un mes en Túnez durante los meses de junio y julio de 2018, donde desde 2014 se traslada la respuesta internacional a la crisis libia (UE, ONU, ACNUR, ONG…). Durante esta investigación hemos entrevistado a diplomáticos, periodistas e investigadores. Estos artículos tratarán de ofrecer una perspectiva que no se suele tener en cuenta de la crisis migratoria del Mediterráneo central mediante la ayuda de los elementos de dicha investigación geopolítica.

Libia, ¿tierra de «crisis migratoria» antes de hora?

En 2016, 181 436 migrantes llegaron a Italia por la ruta del Mediterráneo central. Una gran mayoría de ellos pasó por Libia. Detrás de la urgencia de la crisis se disimula una cierta determinación.

2016. Desde hace unos meses, se ha dejado de oír hablar sobre «crisis migratoria» del Mediterráneo central, o casi. Siguiendo el ejemplo del barco Aquarius, bloqueado en el puerto de Marsella, las naves de otras asociaciones como SEA Watch ven como se les prohíbe el acceso a la zona de salvamento. Sin embargo, esta reducción de la actividad marítima no significa que no siga habiendo intentos de cruzar el Mediterráneo, sino todo lo contrario. A pesar de las acusaciones de «connivencia» o cooperación contra varias organizaciones no gubernamentales (ONG), se siguen poniendo al agua embarcaciones frágiles pese a la ausencia de barcos humanitarios, mientras que la mortalidad aumenta. Aunque desde hace poco la «crisis migratoria» parece estar relativamente atenuada, continúa existiendo sin que se perciba.

Los naufragios o el sufrimiento que se padecen en los múltiples centros de retención con los que cuenta Libia no registran el mismo grado de mediatización. En efecto, la inmovilización del Aquarius contribuye indirectamente a mantener a los periodistas lejos, mientras muchos son los que siguen embarcando. A raíz de ello se refuerza la idea de una crisis «en caída», bajo control, o a punto de ser controlada. Paralelamente, los guardacostas libios, financiados y mantenidos por la Unión Europea (UE) así como por Estados miembro de forma individual, efectúan un nombre creciente de intercepciones en el mar. De forma casi anónima, las pateras y sus ocupantes son llevados de vuelta a suelo libio, donde los reporteros son todavía más escasos que en el mar, puesto que el acceso a territorio libio es uno de los más difíciles de conseguir. ¿Se trata de un signo precursor de su futura desaparición?

Una crisis migratoria y realidades geográficas

Aunque hablar de «crisis» naturalmente nos hace pensar en un retroceso, el análisis «a largo plazo» ofrece una perspectiva sin duda diferente sobre los flujos migratorios en el ex-Jamariya [1]. Lejos de reducirse a un «hecho», la situación actual es la síntesis compleja de un conjunto de parámetros que, combinados con el estado de anomia fruto de la revolución de febrero de 2011, dan a entender que el fenómeno migratorio no es aislado y dejan entrever la posibilidad de que vuelva a repetirse. Antes de que Libia se sublevara contra el «Guía», ya florecían los brotes de una «crisis migratoria».

Más que quebrantar una frontera, los «candidatos para llegar a Europa» que actualmente cruzan Libia forman parte de una continuidad. El aumento considerable del número de embarcaciones que zarpan desde las costas libias es una tendencia reciente, pero desde un punto de vista geográfico el movimiento de personas hacia Libia no es para nada una novedad. Desde hace siglos, el territorio libio, particularmente su parte meridional, está marcado por lo que el investigador Ali Bensâad designa como una situación de interpenetración de territorios: por redes de alianzas y de intercambios, por conexiones profundas (tribales, comerciales) y por enlaces culturales. El Sáhara, por ejemplo, «más que una frontera o una barrera inquebrantable, es un espacio de contacto que ha recuperado su papel histórico de cruce de caminos humano, comercial y cultural». Los tuaregs (Níger, Burkina Faso, Mali, Argelia, Libia) y los tubus (Chad, Níger, Sudán, Libia), dos pueblos esparcidos por distintos estados de África del norte y África subsahariana entre los cuales figura Libia, simbolizan esta fluidez territorial. A través de estos dos grupos, se pone de manifiesto también que la movilidad no es un atributo exclusivo del territorio libio, sino que se trata de una característica de toda la región.

Los desplazamientos antes de la «crisis migratoria» han bastado para que sus idas y venidas sean institucionalizadas. Mediante la creación en 1975 de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO) se trazan medidas que tienen por objetivo facilitar la circulación de bienes y personas que antes ya existían de forma «extraoficial». A escala más reducida, Libia contribuyó a la urbanización y remodelación del Sáhara bajo el estímulo del régimen de Muamar el Gadafi. Las vías de comunicación entre los distintos territorios son el fruto de una «voluntad espacial» y de una visión geopolítica, la del «mito del fin de las fronteras». En 2004, el geógrafo Olivier Pliez describe los aspectos de estas políticas espaciales: «Libia es un ejemplo del vigor de este intervencionismo que empieza con la extensión de la red de carreteras. Hasta los años sesenta, la red se limitaba a un eje litoral este-oeste. Pero con 16 000 km de carreteras construidas desde a principios de los años 70 hasta a mitades de los años 80, casi la totalidad de los pueblos y ciudades del Sahara estaban conectadas con la red de carreteras nacional en 15 años.

Por lo tanto, después de la revolución los flujos migratorios cruzan Libia sirviéndose de los ejes de comunicación preexistentes. No resulta sorprendente que algunos de los protagonistas originales de la movilidad de la región (tubus, tuaregs) usen sus recursos espaciales para el tráfico de migrantes y refugiados que se dirigen Europa: «Faraj se movía por el desierto como lo había hecho innumerables veces, sin mapa ni GPS, usando solo las estrellas y, durante el día, puntos de referencia como las líneas eléctricas o rocas de forma atípica. No había estudiado mucho. A pesar de todo, poseía las competencias para el tráfico de migrantes, de manera que durante el caos de la guerra sobrevivió y llegó a vivir bien».

No obstante, en los territorios meridionales vivir de esta larga tradición de movimiento de personas y bienes y participar en este tipo de actividades no tiene una connotación negativa: «el tráfico es un trabajo, no un crimen». Sin embargo, la existencia de esta «estructura» geográfica de la migración no es la única causa, sino que se completa mediante otros datos, notablemente económicos.

Antes de la crisis, dos millones de migrantes en Libia

Antes de convertirse en un país de tránsito, lo que algunos observadores califican injustamente de «puerta de entrada» a Europa, Libia era una tierra de inmigración en masa. Con una población de 6 millones de habitantes para una superficie tres veces mayor a la de Francia, el país depende en gran medida de la mano de obra extranjera. La débil demografía libia hace que el país esté mucho más abierto a aceptar a trabajadores inmigrantes, además de proyectos de remodelación faraónicos, como el del gran río artificial todavía no acabado. Paralelamente, Libia está rodeada por estados significativamente menos ricos, como Níger, uno de los más pobres del mundo.

Así pues, debido a sus reservas petrolíferas, las más importantes de África, la economía libia sigue siendo muy atractiva, así como también accesible, por su proximidad, la facilidad de acceder al país y su política de proinmigración. Por lo tanto, absorbe una buena cantidad de trabajadores: aproximadamente 2 millones antes de la revolución, es decir, lo equivalente a un tercio de la población libia. En 2014, el órgano de la Unión Europea European Training Fundation informó de los salarios atractivos a los que podían aspirar los inmigrantes y refugiados en el país un año después de la caída del régimen de Gadafi: «(…) los salarios mensuales de los inmigrantes que trabajan en los hoteles de Trípoli van desde los 500 hasta los 700 dinares[7] ». Antes de la revolución, el sector de la construcción concentraba, por ejemplo, una gran parte de la mano de obra subsahariana, por razones… ¡relativamente inesperadas! Eso es lo que explica Christophe Biteau, jefe de la misión Médicos sin fronteras (MSF) en Libia: «Los libios están muy contentos de tener a negros que hagan los trabajos más bajos, los libios no fabrican los bloques de hormigón, no realizan los trabajos manuales ni lo piensan hacer nunca [8]».

También, desde el punto de vista de esta mano de obra, el acceso a la economía libia representa una bendición. Su «desaparición» progresiva después de 2011, resultado de una inestabilidad endémica, pudo contribuir a favorecer la emergencia de una «crisis migratoria», lo que resume el European Training Fundation: «Los flujos de transferencia de fondos son de una importancia clave para el país de origen (según el informe del Banco Mundial de 2011, las salidas de Libia representaban un total de cerca de mil millones de dólares estadounidenses en 2010). La pérdida de ingresos podría ser devastadora para el país de origen de los inmigrantes». En consecuencia, los tumultos posrevolucionarios afectan a toda una región y provocan que muchos individuos privados de la alternativa económica que constituía Libia antes de la caída del Guía decidan irse. Como muestra el siguiente mapa, el continente africano también está atravesado por numerosos focos de inestabilidad, lo que deja entrever otros factores importantes de la migración hacia Libia y Europa.

Inmigrantes ya muy fragilizados e instrumentalizados

El aspecto legislativo de la gestión de la inmigración en Libia está íntimamente ligado a orientaciones geopolíticas, de manera que se observa como se adapta la legislación a las posturas de ciertas figuras libias de la escena internacional. En primer lugar, la mano de obra era muy mayoritariamente árabe, pero se diversificó considerablemente en el momento en que Libia fue marginalizada en la escena internacional a causa del embargo estadounidense en 1982, los bombardeos en Tripoli y Benghazi en 1986, las implicaciones en los atentados de Lockerbie y contra el avión UTA en Níger en 1988 y 1989. La política extranjera libia se dirigió instintivamente hacia África: la mano de obra «se africanizó» con la llegada de miles de trabajadores procedentes del sur. Siguiendo el mismo procedimiento, el levantamiento del embargo en 2003 fue el origen de un cambio radical: al volver a ser un interlocutor posible y liberado del peso de las sanciones, el régimen de Gadafi respondió a las preocupaciones europeas mediante la legislación libia en un movimiento para nada desinteresado: «Libia transforma a miles de inmigrantes en situación regular o tolerada por el régimen en inmigrantes irregulares y denunciados como tal [9]». En una negociación dudosa, el Guía escoge el camino de la represión contra los del sur y agudiza el odio al extranjero para obtener provechosos contratos económicos con ciertas empresas europeas. [10]

En tiempos de crisis, Gadafi siguió facilitando la ilegalización de inmigrantes subsaharianos, lo cual alimentó los temores de la población libia. En una economía muy poco diversificada y completamente dependiente de la renta petrolífera, los períodos de embargo o inestabilidad de la cotización de los hidrocarburos suscitaron el enfado de la población. Los trabajadores extranjeros, en particular los subsaharianos, sirvieron de chivos expiatorio en su momento. Los casos actuales de esclavismo o violencia que sufren estos inmigrantes constituyen parte de la herencia del régimen de Muamar el Gadafi, que no dejó de instrumentalizar deliberadamente la xenofobia en su contra.

Geografía, geopolítica, economía, legislación… mezclados unos con otros bajo el impulso de dinámicas múltiples y complejas, todos esos datos pesan mucho sobre la situación migratoria en la Libia posrevolucionaria. Con el debilitamiento del Estado central y la aparición de una violencia generalizada por parte de la esfera política y las fuerzas de seguridad después de 2011, se han ido desencadenando los insidiosos mecanismos de una crisis migratoria «latente». La repuesta internacional aportada a esta crisis se enfrenta a un dilema corneliano: responder a la urgencia del caso migratorio adoptando una visión a largo plazo para Libia, desgarrada por otros problemas más imperiosos que el de la inmigración a ojos de la población local. De eso tratará el siguiente artículo de esta serie.

Foto de bánner. Créditos: Associated Press

Étudiant en Master à Science Po Strasbourg, passé par l’Institut Français de Géopolitique. Intéressé par l’Union Européenne, les Relations Internationales, la Politique, l’Histoire.

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